ALEMANIA SE ENFRENTA A SUS PROPIOS PROBLEMAS.

Nada más conocerse los resultados de los comicios celebrados el pasado 24 de septiembre, todo el mundo se dio cuenta de la complicada situación que iba a atravesar Alemania.

 

 

Dos meses después de las elecciones, Alemania sigue sin gobierno. La locomotora de Europa está parada en una vía muerta. El diálogo político para formar un Ejecutivo de coalición está suspendido. El fracaso de las negociaciones ha despertado el fantasma de la inestabilidad política. El país se enfrenta a sus propios miedos.

Las urnas habían dado la victoria a la todavía canciller alemana, Angela Merkel, pero el número de diputados obtenidos por su partido, los democristianos (246, 65 menos que en 2013), era claramente insuficiente para continuar a los mandos del país. Era preciso sentarse a negociar. Nadie quería pactar con la ultraderecha de Alternativa para Alemania (AfD), que se llevó 94 escaños, y los socialdemócratas (153 diputados) declararon que se pasaban a la oposición por razones tácticas. Esas dos premisas iniciales forzaron unas negociaciones para constituir una coalición Jamaica, llamada así porque la bandera de ese país caribeño tiene esencialmente tres colores: el negro de los democristianos, el amarillo de los liberales y el verde de los ecologistas. El diálogo saltó por los aires hace apenas unos días por las enormes diferencias programáticas entre liberales y ecologistas, especialmente en cuestiones medioambientales y sociales.

Merkel se ha sentido vulnerable. Estuvo una semana en segundo plano rumiando la reacción. Hasta que tomó las riendas el presidente federal del país, Frank-Walter Steinmeier, quien, convertido en árbitro supremo del Estado, exigió a todos los partidos «diálogo y responsabilidad» en un discurso contundente que iba destinado, por supuesto, a su colega de partido y líder de los socialdemócratas (SPD), Martin Schulz. El expresidente del Parlamento Europeo recogió raudo el guante que le lanzaban. Pero repetir la Gran Coalición con los democristianos es un trago amargo, casi envenenado, que ha desgastado tanto al SPD que ha cosechado su peor resultado electoral desde 1949, es decir, desde la creación de la actual República Federal Alemana (RFA). De ahí que Schulz haya insistido, tras aceptar acudir a la mesa de negociaciones, que al final serán los militantes del partido quienes refrendarán —o no— los pactos alcanzados.

La Gran Coalición —o Grosse Koalition en alemán— sería indudablemente el mejor escenario para el establishment europeo. Los más europeístas no querían a los liberales en el Gobierno de coalición porque les toman por una formación neonacionalista y endogámica. La presencia de los liberales dificultaría, según entienden, la «refundación» de Europa prometida por el presidente de Francia, Emmanuel Macron, y favorecida por Merkel.

Pero no será esa una tarea nada fácil pues la idea de la Gran Coalición no agrada nada a las bases.

«El SPD solo debería abrirse a otra coalición con Merkel si quiere suicidarse. Lo hemos intentado dos veces, y cada vez terminamos con la cara en el barro», dijo Marco Bülow, diputado socialdemócrata por la circunscripción de Dortmund.

Merkel no está acabada. Su pragmatismo a prueba de bombas la puede salvar de esta delicada crisis. El partido ha cerrado filas alrededor de ella, consciente de la gravedad del bloqueo. Sin embargo, esta incómoda tesitura va a servir de pretexto para abrir el melón de su sucesión.

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